jueves, 3 de agosto de 2017

LA FRAGILIDAD DEL LÍDER






LA FRAGILIDAD DEL LÍDER








“Después descubrió que los líderes solo parecen débiles cuando se comportan como si lo supiesen todo. Después de todo, un líder que nunca ha fracasado en nada es o una anomalía humana o un mentiroso. Incluso si el fracaso en cuestión no es aplicable al equipo, simplemente reconocerlo ayuda a conectar”.[1]

He asistido, a lo largo de mi vida laboral, a una gran cantidad de  cursos. Sigo en ello. He impartido a lo largo de mi misma vida laboral, también,  gran cantidad de cursos. Sigo en ello, (en mucha menor cantidad) y seguiré hasta… Es una cuestión de dar sentido a la vida.


He tenido el privilegio de asistir a cursos de figuras muy  relevantes  en temas   de liderazgo. Al final, te quedas con cuatros cosas. Confirman que el conocimiento es lo que queda en tu cabeza después de haberlo olvidado todo.
Un concepto con el que me quedé, que no se utiliza mucho, pero que yo considero importante, es el de la “fragilidad del líder”.
¿Cómo gestionas esta fragilidad?

¿Tal vez pasándote al polo opuesto y haciendo ver a los que te rodean que te sientes invulnerable?

¡Tremendo error! Atraerás a cuatro “pelotas”, "sí, bwana". Pero no a ningún colaborador con sensibilidad. A estos los espantarás.

Si demuestras que eres frágil, demostrarás que necesitas a los demás, y estos reaccionarán echándote una mano, o las dos. Todo ello te hará más fuerte. Si demuestras tu prepotencia demostrarás que no necesitas a nadie y estos te rechazarán, te darán la espalda. Acabas siendo más débil.

Una cosa es liderar y otra es gestionar. Sin duda la primera resulta mucho más difícil que la segunda. El  líder  actual,  se asegura de liderar al equipo, de conducirlo hacia el futuro. Se centra en conseguir un equipo liderado de acuerdo a su diversidad. Para ello se requiere un alto índice de relación: (Recursos x Relaciones = Resultados). Ganarse el respeto, respetando a los demás, es un requisito imprescindible para liderar.

Aceptar que somos frágiles (diferenciar entre fragilidad y debilidad, que no es lo mismo), nos hace más fuertes y auténticos.

Un  índice de autenticidad [2] alto, es otro de los requisitos sin los cuales nunca te podrás llamar líder. Tal vez gestor, jefe, mando, etc., pero no líder. El liderazgo viene marcado por este índice de autenticidad: grado de coherencia que existe entre lo que piensas, sientes y haces. Cuando este índice es alto, haces lo que dices y dices lo que haces.
La coherencia personal, causa un gran impacto, tanto en uno mismo como en los demás. Ni que decir tiene que si “los demás” forman parte del equipo o grupo que nosotros lideramos ese impacto se traducirá en un respeto y credibilidad.
Después de un cierto tiempo de convivencia, las personas que nos rodean y trabajan con nosotros suelen terminar, tarde o temprano, descubriendo nuestro grado de coherencia y autenticidad. El respeto se lo otorgamos a aquellos que llevan la autenticidad hasta sus últimas consecuencias.
  
El índice de autenticidad, tiene mucho que ver con los ingredientes por los cuales te das valor a ti mismo, por lo que  que entiendas por éxito
l3].


 ¿Qué entiendes por tal?
           ¿Crecimiento interior?
¿Número de valores que practicas?
¿Lo que los demás digan de ti?
¿Por qué parámetros te valoras?

Los parámetros por los que te concedes valor a ti mismo son muy importantes. Einstein decía a sus alumnos: “Intenta no convertirte en un hombre de éxito, sino más bien en un hombre de valor”.

¿Cómo entiendes esta frase?

¿Cómo te enfrentas a tu fragilidad?


REFERENCIAS:
         [1]https://www.hbr.es/mentorizaci-n/741/la-hipocres-del-fracaso-como-llave-para-el-xito

          [2]IGLESIAS RODRÍGUEZ Julio.: "Construyendo Líderes. ¿A quién llamar Líder?" Edición Digital.             Vigo 2008. Pg.23

          [3] La práctica consciente te lleva a ser competente: 

                http://tv.uvigo.es/es/video/mm/15929.html












martes, 11 de julio de 2017




LAS TRES EDADES









¡Feliz cumpleaños!
¡Mis mejores deseos para que te sigas manteniendo joven…!
Casi todos, a lo largo del año, echamos mano del repertorio de frases convencionales para desearle un feliz aniversario a nuestros semejantes.

Siempre nos referimos a lo mismo, a la edad cronológica, a esa que cae a golpe de calendario. En al artículo que comparto  invito a reflexionar sobre las otras edades, ante las cuales, la edad cronológica, la que se refleja en el DNI, va perdiendo cada día más valor. Hoy priman la edad biológica y la edad psicológica sobre las otras.

¿CUÁL ES TU EXPERIENCIA CON LA EDAD?

Todos cumplimos años, pero no todos lo percibimos lo mismo. La edad se mueve en dos mundos muy diferentes en los humanos: en el mundo inconsciente y en el mundo consciente. No nos preocupa ni nos acordamos apenas de ella cuando somos jóvenes. Es difícil marcar un tope de años para el límite de la consideración de “jóvenes”. Depende de cada persona. Lo que si es cierto, con carácter general, es que a partir de un determinado momento, que varía en función de cada cultura y persona, somos más conscientes de los años que cumplimos, de la edad que tenemos y de la rapidez con la que se esfuman los días. En mi caso concreto, la última cifra significativa que tengo en mi mente con respecto a mi edad, es la de 39 años. A esa edad emprendí un proyecto ilusionante que me absorbió 7 años sin ser consciente, en ningún momento, de cual era mi edad. De repente, retomé de nuevo mis años, en mi mundo consciente, y me di cuenta de que tenía 47 años, de que me acercaba al umbral de los cincuenta. Sí, ¡cincuenta!, con toda la carga emotiva que acompaña en nuestra cultura a semejante cifra.

Hasta entonces, mi tiempo vivido podía sintetizarse en una frase que escuché en una película, cuyo título no recuerdo, y en la que una madre decía a su hija:
“Tu reloj biológico debe de ser digital, porque no oyes su tic tac”.
De repente mi reloj biológico se había convertido en el viejo despertador del abuelo cuyo tic tac resonaba en la habitación, con tal intensidad, que era necesario amortiguar su sonido con un cojín puesto encima para poder dormir.

Otras personas tienen el primer encontronazo consciente con la edad a través de lo que llaman “crisis de la edad mediana” la cual, al parecer, asalta a todo ser humano en un momento de su vida que según algún experto oscila entre los 35 y los 50 años. Yo, en mi caso concreto, no soy consciente de este tipo de crisis. A partir de los 50 años sí me he dado cuenta de que la vida transcurre a gran velocidad.

¿QUÉ PASA CON LA EDAD?

¿Es tan mala como algunos sostienen?
 ¿Es, tal vez, solamente un artefacto social creado por una sociedad sin valores, totalmente hedonista, en la cual el culto a la juventud es lo que prima? 
¿Una sociedad que pasa de todo excepto de ganar dinero y gastarlo, que burla cualquier tipo de espiritualidad, desarrollo personal, ética, valores y otras palabrejas que no son otra cosa que “monsergas de los mayores”?
 ¿Será cierto que la edad, por sí misma, marca pautas de siniestro y desolación?
 ¿Qué hay de cierto con las tan mencionadas pérdidas de “facultades” de los mayores?

Conozco a personas que superan los 65 años y se mantienen muy bien. Incluso declaran sentirse felices. ¿Será que al vivir con una percepción de “ser feliz” el tiempo no deja huellas ni en el cuerpo ni en el espíritu (mente)? A mí no me cabe duda de que nuestras percepciones modulan nuestro cuerpo y nuestra mente. Las virutas que el tiempo deja tras de sí, no son las mismas si vivimos con una percepción positiva que si nos instalamos en la negatividad. No me estoy refiriendo al optimismo bobalicón y sin sentido tan predicado hoy en día en algunos foros. Un optimismo que predica el buen humor sin sentido, expectativas irreales y un positivismo doctrinario. Me refiero a un optimismo funcional que invita a pensar que, en buena parte, puedes controlar tu futuro a partir del esfuerzo que dedicas a crearlo según tus preferencias y deseos.

JUVENTUD, DIVINO TESORO.

Estamos hablando de la edad, pero, ¿que entendemos por tal?

 ¿Qué es la edad? 
¿Qué es ser joven?
 ¿Qué diría hoy Rubén Darío?

Yo considero que ser joven no es un periodo de la vida, sino, la vida misma en toda su extensión. Implica y lleva consigo, no un cuerpo sin arrugas, un DNI con pocos años, sino, un estado mental, una forma determinada de percibir la vida. Supone, sobre todo, maravillarse, ser capaz de admirar: quedar sorprendido, entusiasmarse, indagar. Supone, también, tener fe en ti mismo, el gesto abierto a todos los aires, la mirada clara y transparente en la que no existen telarañas que dificultan la visión. 

Conozco personas de 30 años que ya no tienen capacidad de asombrase por nada ni ante nada. Conozco a personas de 70 años que parece que cada mañana, cuando se levantan, estrenan el mundo. Que saben asombrase de lo cotidiano. ¿Cuál de los dos es más joven?
La psicología evolutiva, cuando aborda el desarrollo personal y social durante la vida adulta y la vejez, lo hace recordando que aun cuando hay razones legales y económicas para situar la vejez en los 65 años, (ahora a los 67 y dentro de poco ni se sabe, tal vez en los 80) no se puede considerar ésta sin tener en cuenta ciertos acontecimientos vitales y roles sociales. Considera la edad en función de los cambios que se producen en la misma y nos habla de distintos conceptos de edad: edad cronológica, edad biológica, edad psicológica y edad social. También maneja el término de edad funcional para referirse a los cambios en la capacidad de llevar a cabo tareas con el mismo nivel de eficacia.

Hay personas de edad cronológica (esa que cae a golpe de calendario) de 40 años, con hígados y otros órganos de 60 años. Tienen una edad biológica (estado celular y demás de cada organismo) que no correlaciona con su edad cronológica. Depende del estilo de vida que llevemos. Depende de en qué medida nos cuidemos y adquiramos unos hábitos sanos, lo que los clásicos llamaban virtudes, en contraposición a los hábitos malos o vicios. La predisposición a obrar bien (virtudes) que vamos adquiriendo a lo largo de la vida, terminan con crear nuestro carácter. Hace años la edad social de “jubilado” o la de “abuelo”, era sinónimo de persona renqueante y próximo a la muerte. Hoy hay abuelos con una esperanza de vida de 40 años por delante.

Desde el punto de vista psicológico, puede decirse que una persona es vieja cuando se ve a sí misma como tal. Mientras alguien siga teniendo curiosidad y capacidad de asombro no puede decirse, a mi juicio, que sea viejo, al margen de la edad cronológica que tenga. 

Jean-Jacques Rousseau nos habla de las 4 edades: edad de la naturaleza, edad de la fuerza, edad de la razón y de las pasiones y, por último, edad de la sabiduría.
Coincide con esta clasificación, la definición de vejez de Ingmar Bergman: 

“Envejecer es como escalar una montaña; mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, y la vista más amplia y serena”.

Saber aceptar y disfrutar con la edad que cada uno tiene es un signo de “mirada amplia” y madurez.


¿Cuándo nos olvidaremos de la edad cronológica y empezaremos felicitar a las personas por su edad psicológica?

miércoles, 21 de junio de 2017




CAMBIO DE PREGUNTAS 4
  

 “Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución”
                                                                                                   Jorge Wagensberg




¿INDIGNADOS O RESENTIDOS? (2)

La idea del darwinismo de la supervivencia del más apto,  tal vez podemos enunciarla, hoy en día,  así:
“Superviven los  indignados, se extinguen los resentidos”


RESENTIMIENTO: UN ESTADO PERNICIOSO


Hay resentimientos breves, de corta duración y resentimientos duraderos.En el primer caso estamos ante una emoción que forma parte de las que se relacionan con la ira.  En el segundo caso, cuando dura mucho tiempo, a veces toda la vida, estamos ya hablando de otra cosa. Algunas  lacras sociales, algunos dramas personales, algunas patologías  mentales, tienen sus raíces en el resentimiento de largo alcance. Grandes  obras de la literatura y de la historia y personajes famosos,  se construyeron a partir del   resentimiento.  Está pues presente en el trascurrir de la vida diaria, y también, en grandes acontecimientos históricos.


Decíamos en el post  anterior que,  según Scheler, el resentimiento:

  “Es una autointoxicación psíquica que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí  normales y pertenecientes al fondo de la naturaleza humana; tiene como consecuencia ciertas propensiones personales a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes” [1]

 Ese reprimir “sistemáticamente la descarga de ciertas emociones”, no dejar que salgan y se note esa reacción emocional negativa hacia el otro u otros, genera un “emponzoñamiento psicológico” que envenena a la persona, manteniendo viva dicha reacción, la cual, como la lluvia fina  va calando, cada vez más hondo y profundo,  llegando al núcleo de la personalidad.

Se hace cada vez no solamente más profundo sino, también,  más oculto, más íntimo, controlando todo aquello que pudiera demostrarlo y termina por generar  ira mezclada, a veces,  de envidia,  y, lo que es más importante,   sintiéndose impotente para hacer nada ante ello.



Este sentimiento de impotencia, que le impide realizar la venganza,   para restaurar la propia estima, el honor ofendido,  la injusticia cometida o el daño sufrido,  genera un resentimiento duradero. Todo esto acaba por afectar, alterándolo  para peor, el funcionamiento normal de la persona. Por eso decimos que es un estado pernicioso.

Pero,  no queda ahí la cosa. Ese funcionamiento individual alterado, acaba afectando al funcionamiento grupal y social debido a que las emociones se contagian. Lo que se siente se transmite,  por mucho que tratemos de ocultarlo: existe el  contagio emocional.



EL CONTAGIO EMOCIONAL

Las personas que compartimos espacios de relación, sea en el trabajo o en la vida personal, en nuestras relaciones sociales,  acabamos compartiendo los estados de ánimo y los sentimientos. No es lo mismo compartir enfado, frustración, resentimiento,  que compartir buen humor, optimismo funcional  y entusiasmo.


Todos conocemos personas que al estar con ellas salimos llenos de energía, mientras que con otras salimos exhaustos, vaciados de energía. Esto ocurre porque estamos expuestos al contagio emocional de los demás, por lo tanto, a todo tipo de emociones, positivas y negativas. Como dice Sebastià Serrano “las emociones saltan de una mente a otra como si nada, los sentimientos son contagiosos, mucho más que las ideas”. [2]

El “wifi” emocional funciona. Las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestros sentimientos, lo hacemos a través del lenguaje no verbal.
 

 De forma continua emitimos mensajes emocionales no verbales. Lo hacemos a través de  gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Estos mensajes pueden ser aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc. Somos constantes emisores y receptores de estos mensajes a través de los cuales se da el contagio emocional.  

¿Somos conscientes de ello? No. En muchas ocasiones no somos conscientes de los mensajes emocionales que nos llegan y que recogemos. Nos quedan registrados y luego reaccionamos a ellos de forma casi automática, sin reflexión previa. Por ejemplo, ante determinada actitud de otra persona, reaccionamos de forma positiva o negativa sin ser capaces de encontrar razones para ello. No solo tenemos hábitos psicomotores; también vamos adquiriendo hábitos mentales y emocionales que nos llevan a reaccionar de forma automática ante diversas situaciones. No es lo mismo responder ante una actitud de alguien con   afecto y simpatía, que hacerlo con recelo o desconfianza.

Las emociones intercambiadas con los demás a lo largo del día determinan nuestro estado anímico. Es esto lo que determina que tengamos unos días estupendos y otros nefastos.
Si el ambiente que te rodea es tóxico, cargado de emociones negativas, sin duda te acarreará daños colaterales, es decir, serás víctima inocente de explosiones emocionales ajenas en forma de enfados, rabia, resentimiento, etc.

 ¿Hasta qué punto te afectará? Está en función de tu sensibilidad. No todos somos igualmente vulnerables o contagiables: los más vulnerables son las personas más sensibles.


¿Nunca te has sentido eufórico sin saber por qué?

¿Alguna vez te has sentido triste y deprimido sin causa aparente?

¿Te sientes a veces de una manera determinada sin una causa objetiva que lo justifique?

¿Podrías enumerar alguno de tus hábitos emocionales?


EL COCTEL DEL RESENTIMIENTO

Este coctel, con todos y cada uno de sus ingredientes, es una mezcla que nos “emborracha”, nubla nuestro raciocinio no facilitándonos una vida saludable. Tiene un alto coste emocional y físico para quien lo lleva encima impidiéndole sentirse libre, con la sensación de que controla su vida, con proactividad y sentido de logro. Va por la vida sintiéndose víctima con todos los sentimientos negativos que ello conlleva.





¿Qué aporta cada uno de los ingredientes al coctel del resentimiento?

Ira

De la  ira ya hemos hablado  en el post anterior. Es una de las 5 emociones básicas y  es una emoción adaptativa para hacer frente a la injusticia. Nos moviliza para la acción encaminada a enfrentarnos a ella.

Envidia

En cuanto a la envidia, que era definida por Santo Tomás de Aquino, en su Suma de Teología como “tristeza de los bienes ajenos” y que  el mismo Santo Tomás  nos dice que  solamente se da envidia “de aquellos con los que el hombre quiere igualarse o aventajarles en gloria”, según nos señala el psiquiatra Castilla del Pino,  no se da en todo resentimiento:
 “A diferencia del suspicaz, que se limita a sentirse afectado por algo que supone (fundada o no fundamentalmente) vejación y desestima en su imagen pública, el resentido reacciona a su vez con hostilidad, pero, en tanto que se  sabe en situación desigual respecto a aquel del que se resiente, recurre a formas solapadas y tortuosas. A veces coexista con la envidia. Pero no tiene que ser así: - P está resentido con M por la faena que le hizo – no implica que P envidie a M.” [3]


En otros  muchos resentimientos sí está presente la envidia, si bien son procesos diferentes. El envidioso busca disminuir la gloria ajena y tiene la esperanza de que en un futuro lo logrará y conseguirá el desprestigio público del envidiado. El resentido no tiene esperanza de lograr nada, se ve impotente ante lo que le sucede.

Por otra parte, el envidioso, lo manifiesta; unas veces de forma camuflada  a través de la murmuración, y otras veces de forma abierta recurriendo a  de la difamación. El resentido se lo calla, lo oculta, no manifiesta,  “reprime sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos” según nos decía  Scheler.


Venganza

Para resarcir el  daño sufrido, la injusticia padecida, el honor ofendido o la autoestima dañada, aparece la venganza.

La paradoja  que se da en el resentido es que acompaña la sed de venganza con el juicio de impotencia de llevarla a cabo: se siente impotente ante el otro. No hay posibilidades pues de restablecer el sentimiento del propio valer ofendido, la satisfacción del daño sufrido o restaurar el honor ofendido.  

La represión ejercida sobre una sed de venganza que lleva a la sensación de que “no hay nada que hacer” “hay que someterse”, “así es la vida”, etc., es la que lleva al resentido, entre otras cosas, a lo que nos decía Scheler: (…) “tiene como consecuencia ciertas propensiones personales a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes”.

Este engaño valorativo se manifiesta en restar valor al valer ajeno, a cambiar los valores perseguidos,  pasando a defender justo lo contrario de estos, en definitiva, a engañarse en el análisis de la realidad creando unas ilusiones particulares sobre la misma. Así, por ejemplo, todos conocemos a personas que estaban muy motivadas para conseguir algo, pero que llegado un momento en que se sintieron incapaces de lograrlo por falta de capacidad, por acidia, etc.,  reducen la tensión generada entre el querer y no poder, dejando de querer a través del autoengaño  de que lo que querían,  realmente no era tan valioso como pensaban. Pasan, así, a valorar y querer lo contrario.


¿Cuántos políticos de “izquierdas” conoces que no pudiendo hacer “carrera” en esta tendencia se pasaron a la “derecha”?

¿Cuántos políticos de “derechas” conoces que no pudiendo hacer “carrera” en esta tendencia se pasaron a la “izquierda”?

Ejemplos de esto todos podemos poner alguno que hemos contemplado a lo largo de nuestra vida, referido a objetivos políticos, aspiraciones profesionales, aspiraciones sociales, relaciones  amorosas, etc. De forma general lo ejemplifica muy bien la fábula de Esopo  de “La zorra y las uvas”.

El resentido está sometido a todo un cúmulo de  conflictos internos, intrapersonales,  aquellos que están dentro de uno y que enfrentan a uno con uno mismo. Adoptan varias formas: diferencias entre lo que quiero y no puedo; entre lo que quiero y le tengo miedo; entre lo que quiero y no estoy dispuesto a pagar el precio que exige; entre lo que tengo y no quiero tener; entre lo que …
Estos conflictos internos más todo un cúmulo de conflictos interpersonales que le acaecen, no sabe cómo abordarlos de forma directa por varias razones:

1/ Está mal visto y suele interpretarse como mala educación o falta de madurez, el manifestar emociones de ira, resentimiento, envidia y otras muchas presentes en los conflictos. Su “analfabetismo emocional” lo lleva a no manejar adecuadamente las emociones, a inhibirlas. La no manifestación espontánea, la inhibición, se manifiesta indirectamente generando otros nuevos conflictos que no tendrían su aparición si se hubiese resuelto el original. Se fomenta así una tendencia a la proliferación de conflictos.
2/ El miedo. La consideración de los riesgos (costos personales, obstáculos en la carrera, aparición de antagonismos personales, etc.) lleva a camuflar los conflictos impidiendo que salgan a la luz.
3/  Comodidad. El manejo adecuado del conflicto exige un gasto de energía emocional. A veces, el resentimiento se acompaña de acidia, desidia o pereza en el actuar. 


IMPOTENCIA

Lo más pernicioso del resentimiento es,  a mi juicio, la impotencia  que siente.
Todos encontramos en la vida situaciones que no nos gustan. Dentro de ellas, diferenciamos aquellas en las que podemos hacer algo para que la situación cambie, y aquellas otras en las que no podemos hacer nada o que hagamos lo que hagamos la situación va a seguir lo mismo que antes. Podíamos meterlas en una escala de vaya desde la “Imposibilidad” a la “Posibilidad”. El determinar y emitir los juicios de imposibilidad y posibilidad no es algo objetivo, sino totalmente subjetivo. Una persona, ante una situación A, puede considerar que es posible hacer algo para cambiarla, y otra persona, ante la misma situación A, puede entender que es imposible hacer nada, o que haga  lo que haga no va a cambiarla.
Si observas la figura de más abajo, verás que el resentimiento se da ante situaciones que tienen dos características: la primera, no aceptar la situación. La segunda, creer que ante ella no podemos hacer nada para cambiarla o modificarla.


“La forma como efectuamos nuestros juicios de posibilidad (o de imposibilidad) gravita significativamente en nuestras vidas”. [4]


¿Por cuál de las siguientes frases te guías en la vida?:

1              1.  Yo soy yo y mis circunstancias.
2              2.  Yo soy yo y mi circunstancia, y si ni la salvo a ella no me salvo yo.


¿En qué punto pones la frontera  entre lo “Imposible” y lo “Posible”?






Referencias bibliográficas

[1] SCHELER, Max.: El resentimiento en la moral. Editorial: S.L. CAPARROS EDITORES. 1993

[2] SERRANO, Sabastiá.: El regalo de la comunicación. Barcelona, Editorial  Anagrama,S.A, 2004

[3]CASTILLA DEL PINO, Carlos.:Teoría de los sentimientos. Tusquets Editores Ensayo, Barcelona 2000. p. 346
  
[4]ECHEVERRÍA, Rafael.: Ontología del lenguaje. Buenos Aires, Granica, 2006. P. 320







miércoles, 10 de mayo de 2017




CAMBIO DE PREGUNTAS 3


 “Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución”
                                                                                                                                                                                                                                                                             Jorge Wagensberg


¿INDIGNADOS O RESENTIDOS? (1)

La idea del darwinismo de la supervivencia del más apto, tal vez podemos enunciarla, hoy en día,  así:
“Superviven los  indignados, se extinguen los resentidos”

NUESTRA REALIDAD EMOCIONAL
A estas alturas, ya casi todos somos conscientes de que el conocimiento de las emociones es fundamental. Lo curioso es  que  en la formación que hemos recibido a lo largo de nuestra vida, ninguna se ocupara de nuestra alfabetización emocional. La educación formal estaba  enfocada, en exclusiva, a potenciar y desarrollar los procesos intelectuales y cognitivos ignorando las emociones.

Hoy la formación emocional ya no se relega solamente  el ámbito privado, al propio individuo y a la familia;  ya se ocupan de ella las escuelas, las universidades y las empresas. Y esto es así,  dado que una escasa inteligencia emocional y su correspondiente analfabetismo emocional,  genera problemas y dificultades de todo tipo en el orden individual, familiar, social, escolar y laboral.


Solemos definir a algunas personas como “nerviosas” y a otra como “tranquilas”.  ¿Quiere esto decir que existen perfiles emocionales? Cada uno de nosotros tiene su propio estilo emocional, una identidad emocional que nos  diferencia de todos los demás igual que las huellas dactilares. Este estilo emocional es el responsable, en buena parte, de  la forma, la cantidad  y la  intensidad con la que manifestamos nuestro sentir. Configura, también, nuestro bienestar o malestar.

 Nuestro sentir lo manifestamos, básicamente,  a través de las emociones y los estados de ánimo. [1] Aunque ambas cosas conllevan sentimientos son distintas. Las emociones son breves: surgen y se van en cuestión de segundos o minutos. Los estados de ánimo duran más tiempo. También se diferencian en que en las emociones, cuando  surgen,  podemos identificar el acontecimiento que provoca la emoción concreta, mientras que en los estados de ánimo es raro que identifiquemos cual es la causa que lo provoca.




Según nos dice Paul Ekman “un estado de ánimo activa emociones concretas. Cuando estamos irritables, buscamos una oportunidad para enfadarnos; interpretamos el mundo de forma que nos permita, o incluso nos exija, enfadarnos. Nos enfadamos sobre asuntos que normalmente no nos provocan enfado, y es probable que, cuando lo hacemos, la ira sea más virulenta y que dure más que si no estuviésemos sumidos en un estado de ánimo no irritable”. [2]


¿Qué conoces de tu realidad emocional?
¿Qué sabes acerca de tu propio estilo emocional?


EL VALOR INFORMATIVO DE LAS EMOCIONES


Las emociones son una gran fuente de información para cada uno de nosotros. El saber “leerlas” y aprovecharnos de la valiosísima información que nos transmiten es uno de los rasgos de la inteligencia emocional.




Si desde el punto de vista somático lo normal es que tengamos una temperatura de 36,5 grados,  desde el punto de vista mental, lo normal es que  nos  encontremos  a gusto, tranquilos, optimistas e ilusionados.

 Si las emociones que sientes son otras,  distintas y negativas, es señal de que tienes un problema que resolver. Un problema que puede estar localizado dentro  o fuera de uno mismo, o incluso en los dos sitios a la vez.
 Las emociones negativas y desagradables no solo nos indican que tenemos un problema, sino que nos invitan a tomar medidas, pasar a la acción, hacer algo para volver a un estado normal: estar sereno y satisfecho.

Las emociones son un sistema de evaluación que nos informa de nuestra realidad dándole una carga afectiva. Su función es premiar las conductas adaptativas, aquello que hacemos bien y nos favorece (lo que nos conviene) mientras que nos hacen llegar un feedback negativo cuando nuestra actuación es inadecuada (lo que no nos conviene). Si nuestros antepasados no hubiesen tenido la capacidad de aprender y recordar todo aquello asociado a sus emociones y,  a través de este mecanismo,  saber seleccionar que conductas y respuestas eran adaptativas y cuáles no, hoy no estaríamos aquí.

 

¿Sabemos “leer” la información que nos transmiten las emociones?
¿Tenemos en cuenta esta información para planificar nuestra actuación,  nuestras acciones y comportamientos?




LA INDIGNACIÓN: LA EMOCIÓN DE MODA

Hay bastante unanimidad, por parte de los expertos, en indicar que la indignación es una  emoción “vitalizadora”,  vinculada a la  percepción de injusticia y a la ira.

La injusticia atenta contra la sociedad que tenemos montada. Sin justicia no hay libertad.


“Todos somos siervos de la ley para poder ser libres” nos dice Cicerón.
 Si a esto añadimos los que nos decía Pericles de que la libertad tiene que estar unida a la valentía, es fácil comprender actualmente que la indignación esté muy presente en nuestra  sociedad.

La ira es una de las emociones básicas. Las emociones básicas o primarias, son muy visibles y están muy definidas. Aun cuando hay varias clasificaciones de las mismas, Damasio menciona las siguientes: miedo,  ira, asco sorpresa, tristeza y felicidad. [3]

Son universales, fácilmente identificables en personas de diversas culturas, y también en animales. Es decir, están presentes en diversas culturas, en diversas especies y en la especie humana en los niños y en los adultos.

Son las más representativas de lo que entendemos por emociones y fue su estudio el que proporcionó la base para el desarrollo de la neurobiología de las emociones. Las expresamos a través del lenguaje no verbal y las podemos identificar en otra persona en décimas de segundo.


Las emociones básicas o primarias tienen un carácter adaptativo. Cumplen una función natural. Así, por ejemplo, cuando sentimos miedo, es que anticipamos una amenaza o peligro que produce ansiedad, incertidumbre e inseguridad. Entre otras muchas cosas que nos suceden, nos ponemos pálidos dado que la sangre se retira del rostro, dirigiéndose a los músculos y piernas. Es decir, se prepara el organismo para dar una respuesta de huir o luchar.



Con  la ira, sentimos rabia, enojo, furia e irritabilidad. La sangre fluye a las manos y se incrementa el ritmo cardíaco y el nivel de adrenalina. Se prepara el organismo para realizar una acción  enérgica, destructiva.

Debemos considerar aquí dos cuestiones. La primera, que conservamos las mismas emociones que nuestros más remotos antepasados. Apenas han variado a lo largo de la evolución. La segunda, que  lo que sí ha evolucionado es la forma en que las manifestamos y, también, la forma en que las satisfacemos.  Podemos sentir ira hacia un compañero de trabajo y no por ello atacarlo hasta seccionarle la yugular.



Las emociones son un mecanismo de alarma que se dispara cada vez que se presenta ante nosotros una situación peligrosa o crítica. En situaciones extremas toman el control y deciden qué acciones son ejecutadas de forma impulsiva sin dejar intervenir ni la voluntad ni la razón. Se produce un “eclipse mental”: reacción emocional inmediata y muy fuerte que provoca una serie de respuestas tales como paralización, huida, ataque, etc. Nuestros antepasados, los primeros humanos, confiaban en estas reacciones para sobrevivir cuando se enfrentaban a un peligro. Darwin sostenía que somos los descendientes de los antepasados que utilizaron la reacción con éxito y sobrevivieron, a diferencia de los que no lo hicieron. Esto nos trajo hasta aquí, con unas emociones que nuestros antepasados seleccionaron muy bien pagando un alto precio en ese aprendizaje. Y aquí estamos nosotros con unas necesidades emocionales y una lógica de las emociones.






 Considerada desde el punto de vista individual, los psicólogos del desarrollo que  estudian la ira, saben que la situación más típica para provocar ira en los niños es sujetarles los brazos de forma que no puedan soltarse. La interferencia física es uno de los desencadenantes más eficaces de la ira.

Nos pasa a los adultos: cuando alguien interfiere en lo que queremos hacer y si resulta que esta interferencia es a propósito, no accidental ni solicitada, aumenta nuestra ira.

Otro de los desencadenantes de la ira es cuando una persona, especialmente si está en nuestro círculo que personas queridas, nos decepciona con su comportamiento. Un motivo de esto es el que estas personas nos conocen íntimamente y saben de nuestros temores y debilidades, y lo que más puede herirnos.

Hay otros desencadenantes,  distintos para diferentes personas y,  también, sostiene Ekman, “distintas posibles causas de la ira no provocan la misma intensidad ni tipo de ira. (…) “es importante que la gente se plantee cada uno de estos elementos como un desencadenante y que determine cuál de ellos es el más potente, el más sensible, respecto a su propia rabia”. [4]

Considerada desde el punto de vista social y colectivo, la indignación es una emoción generosa por el hecho de que se relaciona con el mal realizado a otros. Y es una emoción moralizadora por el hecho de que su desencadenante suele ser algo injusto.


Sentir indignación requiere que previamente nos sintamos dignos. No somos puros animales, sino que nuestro proceso de humanización supuso una larga y fuerte lucha para constituirnos como una especie noble y regida por normas justas. Si estas normas justas se saltan, nos sentimos humillados, ofendidos, despreciados y no reconocidos como seres que tenemos unas aspiraciones legítimas. Toda alteración de lo justo provoca una respuesta sentimental de indignación.

Con todo el esfuerzo que supuso combatir la miseria, la ignorancia, el miedo, el dogmatismo y el odio. Con el precio que muchos han pagado para dotarnos a los demás de una serie de derechos. Con el atroz desmantelamiento  de muchas de las mejores ideas y proyectos que los hombres se habían dado a sí mismos. Con  todo lo que nos está sucediendo, se crea un  ambiente  que nos intoxica a todos y nos hace, en parte,  colaboracionistas por dejadez.


¿Estamos  perdiendo la función adaptativa de las emociones?
¿Será que hemos desvirtuado la indignación llegando está a ser generadora de una ira farisaica?



RECONOCIÉNDONOS DIGNOS

La indignación parte de un antecedente que es el de reconocerse como digno de algo, merecerlo.
¿No merecerá un joven tener un derecho a la educación holística que lo prepara para la vida? 

¿No merecerá un enfermo tener derecho a la asistencia médica? 

¿No merecerá un adulto el poder planificar su vida de acuerdo a las leyes existentes y saber que estas no serán cambiadas arbitrariamente? 

¿No merecerá un viejo cobrar una pensión que no pierda poder  adquisitivo para la cual cotizó largos años?

 ¿No merecerá…?
“La indignación aparece cuando algo que considero mío, porque lo poseo o porque lo merezco, me es arrebatado o no me ha sido dado nunca” [5]   
La indignación es la respuesta adaptativa ante la injusticia. Es necesario recuperar la esencia de la indignación como emoción adaptativa.

“¿Por qué?. Preguntará tal vez un lector estricto. Porque si no lo hace se caerá el edificio. ¿Por qué tenemos que tener derechos y respetarlos? Porque, de lo contrario, no tendremos felicidad pública, ni paz, ni justicia, ni libertad. La historia de las invenciones morales había llegado por muchos caminos a esta conclusión.” [6]
 Si no lo hacemos así,  acabaremos en el  resentimiento (no adaptativo), el cual, en palabras de Scheler “Es una autointoxicación psíquica que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones normales y pertenecientes al fondo de la naturaleza humana” [7]   
Al resentimiento dedicaremos la próxima entrada de este blog. Anticipar hoy, sobre el mismo,  una frase de Nietzsche:

“El resentimiento es la emoción del esclavo, no porque el esclavo sea resentido, sino porque quien vive en el resentimiento, vive en la esclavitud”


¿Qué información nos está trasmitiendo la indignación?
¿Qué acontecimientos provocan esta indignación?
¿Cómo utilizamos esta información para determinar las  acciones adecuadas que nos permitan  volver a un estado normal de serenidad y satisfacción?

¿Estamos respondiendo de forma adaptativa a la indignación que sentimos?




Referencias bibliográficas

[1] IGLESIAS RODRÍGUEZ, Julio.: Variables y reguladores del estado de ánimo. Edición Digital. Vigo 2005.

[2] Ekman, Paul.: ¿Qué  dice ese gesto? RBA Integral. Barcelona 2004, p.75

[3] Damasio, Antonio R.: Y el cerebro creó al hombre. Destino. Barcelona 2010, p. 194.

[4] Ekman, Paul.: ¿Qué  dice ese gesto? RBA Integral. Barcelona 2004, p.149

[5] MARINA José Antonio y LOPEZ PENAS Marisa.: Diccionario de los sentimientos. Editorial Anagrama, S.A., Barcelona 1999,  p.199

[6] MARINA, José Antonio y DE LA VÁLGOMA María (1999): La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política. Editorial Anagrama, S.A., Segunda edición. Barcelona 2001,    p.213

[7] SCHELER, Max.: El resentimiento en la moral. Editorial: S.L. CAPARROS EDITORES. 1993