miércoles, 21 de junio de 2017




CAMBIO DE PREGUNTAS 4
  

 “Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución”
                                                                                                   Jorge Wagensberg




¿INDIGNADOS O RESENTIDOS? (2)

La idea del darwinismo de la supervivencia del más apto,  tal vez podemos enunciarla, hoy en día,  así:
“Superviven los  indignados, se extinguen los resentidos”


RESENTIMIENTO: UN ESTADO PERNICIOSO


Hay resentimientos breves, de corta duración y resentimientos duraderos.En el primer caso estamos ante una emoción que forma parte de las que se relacionan con la ira.  En el segundo caso, cuando dura mucho tiempo, a veces toda la vida, estamos ya hablando de otra cosa. Algunas  lacras sociales, algunos dramas personales, algunas patologías  mentales, tienen sus raíces en el resentimiento de largo alcance. Grandes  obras de la literatura y de la historia y personajes famosos,  se construyeron a partir del   resentimiento.  Está pues presente en el trascurrir de la vida diaria, y también, en grandes acontecimientos históricos.


Decíamos en el post  anterior que,  según Scheler, el resentimiento:

  “Es una autointoxicación psíquica que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí  normales y pertenecientes al fondo de la naturaleza humana; tiene como consecuencia ciertas propensiones personales a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes” [1]

 Ese reprimir “sistemáticamente la descarga de ciertas emociones”, no dejar que salgan y se note esa reacción emocional negativa hacia el otro u otros, genera un “emponzoñamiento psicológico” que envenena a la persona, manteniendo viva dicha reacción, la cual, como la lluvia fina  va calando, cada vez más hondo y profundo,  llegando al núcleo de la personalidad.

Se hace cada vez no solamente más profundo sino, también,  más oculto, más íntimo, controlando todo aquello que pudiera demostrarlo y termina por generar  ira mezclada, a veces,  de envidia,  y, lo que es más importante,   sintiéndose impotente para hacer nada ante ello.



Este sentimiento de impotencia, que le impide realizar la venganza,   para restaurar la propia estima, el honor ofendido,  la injusticia cometida o el daño sufrido,  genera un resentimiento duradero. Todo esto acaba por afectar, alterándolo  para peor, el funcionamiento normal de la persona. Por eso decimos que es un estado pernicioso.

Pero,  no queda ahí la cosa. Ese funcionamiento individual alterado, acaba afectando al funcionamiento grupal y social debido a que las emociones se contagian. Lo que se siente se transmite,  por mucho que tratemos de ocultarlo: existe el  contagio emocional.



EL CONTAGIO EMOCIONAL

Las personas que compartimos espacios de relación, sea en el trabajo o en la vida personal, en nuestras relaciones sociales,  acabamos compartiendo los estados de ánimo y los sentimientos. No es lo mismo compartir enfado, frustración, resentimiento,  que compartir buen humor, optimismo funcional  y entusiasmo.


Todos conocemos personas que al estar con ellas salimos llenos de energía, mientras que con otras salimos exhaustos, vaciados de energía. Esto ocurre porque estamos expuestos al contagio emocional de los demás, por lo tanto, a todo tipo de emociones, positivas y negativas. Como dice Sebastià Serrano “las emociones saltan de una mente a otra como si nada, los sentimientos son contagiosos, mucho más que las ideas”. [2]

El “wifi” emocional funciona. Las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestros sentimientos, lo hacemos a través del lenguaje no verbal.
 

 De forma continua emitimos mensajes emocionales no verbales. Lo hacemos a través de  gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Estos mensajes pueden ser aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc. Somos constantes emisores y receptores de estos mensajes a través de los cuales se da el contagio emocional.  

¿Somos conscientes de ello? No. En muchas ocasiones no somos conscientes de los mensajes emocionales que nos llegan y que recogemos. Nos quedan registrados y luego reaccionamos a ellos de forma casi automática, sin reflexión previa. Por ejemplo, ante determinada actitud de otra persona, reaccionamos de forma positiva o negativa sin ser capaces de encontrar razones para ello. No solo tenemos hábitos psicomotores; también vamos adquiriendo hábitos mentales y emocionales que nos llevan a reaccionar de forma automática ante diversas situaciones. No es lo mismo responder ante una actitud de alguien con   afecto y simpatía, que hacerlo con recelo o desconfianza.

Las emociones intercambiadas con los demás a lo largo del día determinan nuestro estado anímico. Es esto lo que determina que tengamos unos días estupendos y otros nefastos.
Si el ambiente que te rodea es tóxico, cargado de emociones negativas, sin duda te acarreará daños colaterales, es decir, serás víctima inocente de explosiones emocionales ajenas en forma de enfados, rabia, resentimiento, etc.

 ¿Hasta qué punto te afectará? Está en función de tu sensibilidad. No todos somos igualmente vulnerables o contagiables: los más vulnerables son las personas más sensibles.


¿Nunca te has sentido eufórico sin saber por qué?

¿Alguna vez te has sentido triste y deprimido sin causa aparente?

¿Te sientes a veces de una manera determinada sin una causa objetiva que lo justifique?

¿Podrías enumerar alguno de tus hábitos emocionales?


EL COCTEL DEL RESENTIMIENTO

Este coctel, con todos y cada uno de sus ingredientes, es una mezcla que nos “emborracha”, nubla nuestro raciocinio no facilitándonos una vida saludable. Tiene un alto coste emocional y físico para quien lo lleva encima impidiéndole sentirse libre, con la sensación de que controla su vida, con proactividad y sentido de logro. Va por la vida sintiéndose víctima con todos los sentimientos negativos que ello conlleva.





¿Qué aporta cada uno de los ingredientes al coctel del resentimiento?

Ira

De la  ira ya hemos hablado  en el post anterior. Es una de las 5 emociones básicas y  es una emoción adaptativa para hacer frente a la injusticia. Nos moviliza para la acción encaminada a enfrentarnos a ella.

Envidia

En cuanto a la envidia, que era definida por Santo Tomás de Aquino, en su Suma de Teología como “tristeza de los bienes ajenos” y que  el mismo Santo Tomás  nos dice que  solamente se da envidia “de aquellos con los que el hombre quiere igualarse o aventajarles en gloria”, según nos señala el psiquiatra Castilla del Pino,  no se da en todo resentimiento:
 “A diferencia del suspicaz, que se limita a sentirse afectado por algo que supone (fundada o no fundamentalmente) vejación y desestima en su imagen pública, el resentido reacciona a su vez con hostilidad, pero, en tanto que se  sabe en situación desigual respecto a aquel del que se resiente, recurre a formas solapadas y tortuosas. A veces coexista con la envidia. Pero no tiene que ser así: - P está resentido con M por la faena que le hizo – no implica que P envidie a M.” [3]


En otros  muchos resentimientos sí está presente la envidia, si bien son procesos diferentes. El envidioso busca disminuir la gloria ajena y tiene la esperanza de que en un futuro lo logrará y conseguirá el desprestigio público del envidiado. El resentido no tiene esperanza de lograr nada, se ve impotente ante lo que le sucede.

Por otra parte, el envidioso, lo manifiesta; unas veces de forma camuflada  a través de la murmuración, y otras veces de forma abierta recurriendo a  de la difamación. El resentido se lo calla, lo oculta, no manifiesta,  “reprime sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos” según nos decía  Scheler.


Venganza

Para resarcir el  daño sufrido, la injusticia padecida, el honor ofendido o la autoestima dañada, aparece la venganza.

La paradoja  que se da en el resentido es que acompaña la sed de venganza con el juicio de impotencia de llevarla a cabo: se siente impotente ante el otro. No hay posibilidades pues de restablecer el sentimiento del propio valer ofendido, la satisfacción del daño sufrido o restaurar el honor ofendido.  

La represión ejercida sobre una sed de venganza que lleva a la sensación de que “no hay nada que hacer” “hay que someterse”, “así es la vida”, etc., es la que lleva al resentido, entre otras cosas, a lo que nos decía Scheler: (…) “tiene como consecuencia ciertas propensiones personales a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes”.

Este engaño valorativo se manifiesta en restar valor al valer ajeno, a cambiar los valores perseguidos,  pasando a defender justo lo contrario de estos, en definitiva, a engañarse en el análisis de la realidad creando unas ilusiones particulares sobre la misma. Así, por ejemplo, todos conocemos a personas que estaban muy motivadas para conseguir algo, pero que llegado un momento en que se sintieron incapaces de lograrlo por falta de capacidad, por acidia, etc.,  reducen la tensión generada entre el querer y no poder, dejando de querer a través del autoengaño  de que lo que querían,  realmente no era tan valioso como pensaban. Pasan, así, a valorar y querer lo contrario.


¿Cuántos políticos de “izquierdas” conoces que no pudiendo hacer “carrera” en esta tendencia se pasaron a la “derecha”?

¿Cuántos políticos de “derechas” conoces que no pudiendo hacer “carrera” en esta tendencia se pasaron a la “izquierda”?

Ejemplos de esto todos podemos poner alguno que hemos contemplado a lo largo de nuestra vida, referido a objetivos políticos, aspiraciones profesionales, aspiraciones sociales, relaciones  amorosas, etc. De forma general lo ejemplifica muy bien la fábula de Esopo  de “La zorra y las uvas”.

El resentido está sometido a todo un cúmulo de  conflictos internos, intrapersonales,  aquellos que están dentro de uno y que enfrentan a uno con uno mismo. Adoptan varias formas: diferencias entre lo que quiero y no puedo; entre lo que quiero y le tengo miedo; entre lo que quiero y no estoy dispuesto a pagar el precio que exige; entre lo que tengo y no quiero tener; entre lo que …
Estos conflictos internos más todo un cúmulo de conflictos interpersonales que le acaecen, no sabe cómo abordarlos de forma directa por varias razones:

1/ Está mal visto y suele interpretarse como mala educación o falta de madurez, el manifestar emociones de ira, resentimiento, envidia y otras muchas presentes en los conflictos. Su “analfabetismo emocional” lo lleva a no manejar adecuadamente las emociones, a inhibirlas. La no manifestación espontánea, la inhibición, se manifiesta indirectamente generando otros nuevos conflictos que no tendrían su aparición si se hubiese resuelto el original. Se fomenta así una tendencia a la proliferación de conflictos.
2/ El miedo. La consideración de los riesgos (costos personales, obstáculos en la carrera, aparición de antagonismos personales, etc.) lleva a camuflar los conflictos impidiendo que salgan a la luz.
3/  Comodidad. El manejo adecuado del conflicto exige un gasto de energía emocional. A veces, el resentimiento se acompaña de acidia, desidia o pereza en el actuar. 


IMPOTENCIA

Lo más pernicioso del resentimiento es,  a mi juicio, la impotencia  que siente.
Todos encontramos en la vida situaciones que no nos gustan. Dentro de ellas, diferenciamos aquellas en las que podemos hacer algo para que la situación cambie, y aquellas otras en las que no podemos hacer nada o que hagamos lo que hagamos la situación va a seguir lo mismo que antes. Podíamos meterlas en una escala de vaya desde la “Imposibilidad” a la “Posibilidad”. El determinar y emitir los juicios de imposibilidad y posibilidad no es algo objetivo, sino totalmente subjetivo. Una persona, ante una situación A, puede considerar que es posible hacer algo para cambiarla, y otra persona, ante la misma situación A, puede entender que es imposible hacer nada, o que haga  lo que haga no va a cambiarla.
Si observas la figura de más abajo, verás que el resentimiento se da ante situaciones que tienen dos características: la primera, no aceptar la situación. La segunda, creer que ante ella no podemos hacer nada para cambiarla o modificarla.


“La forma como efectuamos nuestros juicios de posibilidad (o de imposibilidad) gravita significativamente en nuestras vidas”. [4]


¿Por cuál de las siguientes frases te guías en la vida?:

1              1.  Yo soy yo y mis circunstancias.
2              2.  Yo soy yo y mi circunstancia, y si ni la salvo a ella no me salvo yo.


¿En qué punto pones la frontera  entre lo “Imposible” y lo “Posible”?






Referencias bibliográficas

[1] SCHELER, Max.: El resentimiento en la moral. Editorial: S.L. CAPARROS EDITORES. 1993

[2] SERRANO, Sabastiá.: El regalo de la comunicación. Barcelona, Editorial  Anagrama,S.A, 2004

[3]CASTILLA DEL PINO, Carlos.:Teoría de los sentimientos. Tusquets Editores Ensayo, Barcelona 2000. p. 346
  
[4]ECHEVERRÍA, Rafael.: Ontología del lenguaje. Buenos Aires, Granica, 2006. P. 320







miércoles, 10 de mayo de 2017




CAMBIO DE PREGUNTAS 3


 “Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución”
                                                                                                                                                                                                                                                                             Jorge Wagensberg


¿INDIGNADOS O RESENTIDOS? (1)

La idea del darwinismo de la supervivencia del más apto, tal vez podemos enunciarla, hoy en día,  así:
“Superviven los  indignados, se extinguen los resentidos”

NUESTRA REALIDAD EMOCIONAL
A estas alturas, ya casi todos somos conscientes de que el conocimiento de las emociones es fundamental. Lo curioso es  que  en la formación que hemos recibido a lo largo de nuestra vida, ninguna se ocupara de nuestra alfabetización emocional. La educación formal estaba  enfocada, en exclusiva, a potenciar y desarrollar los procesos intelectuales y cognitivos ignorando las emociones.

Hoy la formación emocional ya no se relega solamente  el ámbito privado, al propio individuo y a la familia;  ya se ocupan de ella las escuelas, las universidades y las empresas. Y esto es así,  dado que una escasa inteligencia emocional y su correspondiente analfabetismo emocional,  genera problemas y dificultades de todo tipo en el orden individual, familiar, social, escolar y laboral.


Solemos definir a algunas personas como “nerviosas” y a otra como “tranquilas”.  ¿Quiere esto decir que existen perfiles emocionales? Cada uno de nosotros tiene su propio estilo emocional, una identidad emocional que nos  diferencia de todos los demás igual que las huellas dactilares. Este estilo emocional es el responsable, en buena parte, de  la forma, la cantidad  y la  intensidad con la que manifestamos nuestro sentir. Configura, también, nuestro bienestar o malestar.

 Nuestro sentir lo manifestamos, básicamente,  a través de las emociones y los estados de ánimo. [1] Aunque ambas cosas conllevan sentimientos son distintas. Las emociones son breves: surgen y se van en cuestión de segundos o minutos. Los estados de ánimo duran más tiempo. También se diferencian en que en las emociones, cuando  surgen,  podemos identificar el acontecimiento que provoca la emoción concreta, mientras que en los estados de ánimo es raro que identifiquemos cual es la causa que lo provoca.




Según nos dice Paul Ekman “un estado de ánimo activa emociones concretas. Cuando estamos irritables, buscamos una oportunidad para enfadarnos; interpretamos el mundo de forma que nos permita, o incluso nos exija, enfadarnos. Nos enfadamos sobre asuntos que normalmente no nos provocan enfado, y es probable que, cuando lo hacemos, la ira sea más virulenta y que dure más que si no estuviésemos sumidos en un estado de ánimo no irritable”. [2]


¿Qué conoces de tu realidad emocional?
¿Qué sabes acerca de tu propio estilo emocional?


EL VALOR INFORMATIVO DE LAS EMOCIONES


Las emociones son una gran fuente de información para cada uno de nosotros. El saber “leerlas” y aprovecharnos de la valiosísima información que nos transmiten es uno de los rasgos de la inteligencia emocional.




Si desde el punto de vista somático lo normal es que tengamos una temperatura de 36,5 grados,  desde el punto de vista mental, lo normal es que  nos  encontremos  a gusto, tranquilos, optimistas e ilusionados.

 Si las emociones que sientes son otras,  distintas y negativas, es señal de que tienes un problema que resolver. Un problema que puede estar localizado dentro  o fuera de uno mismo, o incluso en los dos sitios a la vez.
 Las emociones negativas y desagradables no solo nos indican que tenemos un problema, sino que nos invitan a tomar medidas, pasar a la acción, hacer algo para volver a un estado normal: estar sereno y satisfecho.

Las emociones son un sistema de evaluación que nos informa de nuestra realidad dándole una carga afectiva. Su función es premiar las conductas adaptativas, aquello que hacemos bien y nos favorece (lo que nos conviene) mientras que nos hacen llegar un feedback negativo cuando nuestra actuación es inadecuada (lo que no nos conviene). Si nuestros antepasados no hubiesen tenido la capacidad de aprender y recordar todo aquello asociado a sus emociones y,  a través de este mecanismo,  saber seleccionar que conductas y respuestas eran adaptativas y cuáles no, hoy no estaríamos aquí.

 

¿Sabemos “leer” la información que nos transmiten las emociones?
¿Tenemos en cuenta esta información para planificar nuestra actuación,  nuestras acciones y comportamientos?




LA INDIGNACIÓN: LA EMOCIÓN DE MODA

Hay bastante unanimidad, por parte de los expertos, en indicar que la indignación es una  emoción “vitalizadora”,  vinculada a la  percepción de injusticia y a la ira.

La injusticia atenta contra la sociedad que tenemos montada. Sin justicia no hay libertad.


“Todos somos siervos de la ley para poder ser libres” nos dice Cicerón.
 Si a esto añadimos los que nos decía Pericles de que la libertad tiene que estar unida a la valentía, es fácil comprender actualmente que la indignación esté muy presente en nuestra  sociedad.

La ira es una de las emociones básicas. Las emociones básicas o primarias, son muy visibles y están muy definidas. Aun cuando hay varias clasificaciones de las mismas, Damasio menciona las siguientes: miedo,  ira, asco sorpresa, tristeza y felicidad. [3]

Son universales, fácilmente identificables en personas de diversas culturas, y también en animales. Es decir, están presentes en diversas culturas, en diversas especies y en la especie humana en los niños y en los adultos.

Son las más representativas de lo que entendemos por emociones y fue su estudio el que proporcionó la base para el desarrollo de la neurobiología de las emociones. Las expresamos a través del lenguaje no verbal y las podemos identificar en otra persona en décimas de segundo.


Las emociones básicas o primarias tienen un carácter adaptativo. Cumplen una función natural. Así, por ejemplo, cuando sentimos miedo, es que anticipamos una amenaza o peligro que produce ansiedad, incertidumbre e inseguridad. Entre otras muchas cosas que nos suceden, nos ponemos pálidos dado que la sangre se retira del rostro, dirigiéndose a los músculos y piernas. Es decir, se prepara el organismo para dar una respuesta de huir o luchar.



Con  la ira, sentimos rabia, enojo, furia e irritabilidad. La sangre fluye a las manos y se incrementa el ritmo cardíaco y el nivel de adrenalina. Se prepara el organismo para realizar una acción  enérgica, destructiva.

Debemos considerar aquí dos cuestiones. La primera, que conservamos las mismas emociones que nuestros más remotos antepasados. Apenas han variado a lo largo de la evolución. La segunda, que  lo que sí ha evolucionado es la forma en que las manifestamos y, también, la forma en que las satisfacemos.  Podemos sentir ira hacia un compañero de trabajo y no por ello atacarlo hasta seccionarle la yugular.



Las emociones son un mecanismo de alarma que se dispara cada vez que se presenta ante nosotros una situación peligrosa o crítica. En situaciones extremas toman el control y deciden qué acciones son ejecutadas de forma impulsiva sin dejar intervenir ni la voluntad ni la razón. Se produce un “eclipse mental”: reacción emocional inmediata y muy fuerte que provoca una serie de respuestas tales como paralización, huida, ataque, etc. Nuestros antepasados, los primeros humanos, confiaban en estas reacciones para sobrevivir cuando se enfrentaban a un peligro. Darwin sostenía que somos los descendientes de los antepasados que utilizaron la reacción con éxito y sobrevivieron, a diferencia de los que no lo hicieron. Esto nos trajo hasta aquí, con unas emociones que nuestros antepasados seleccionaron muy bien pagando un alto precio en ese aprendizaje. Y aquí estamos nosotros con unas necesidades emocionales y una lógica de las emociones.






 Considerada desde el punto de vista individual, los psicólogos del desarrollo que  estudian la ira, saben que la situación más típica para provocar ira en los niños es sujetarles los brazos de forma que no puedan soltarse. La interferencia física es uno de los desencadenantes más eficaces de la ira.

Nos pasa a los adultos: cuando alguien interfiere en lo que queremos hacer y si resulta que esta interferencia es a propósito, no accidental ni solicitada, aumenta nuestra ira.

Otro de los desencadenantes de la ira es cuando una persona, especialmente si está en nuestro círculo que personas queridas, nos decepciona con su comportamiento. Un motivo de esto es el que estas personas nos conocen íntimamente y saben de nuestros temores y debilidades, y lo que más puede herirnos.

Hay otros desencadenantes,  distintos para diferentes personas y,  también, sostiene Ekman, “distintas posibles causas de la ira no provocan la misma intensidad ni tipo de ira. (…) “es importante que la gente se plantee cada uno de estos elementos como un desencadenante y que determine cuál de ellos es el más potente, el más sensible, respecto a su propia rabia”. [4]

Considerada desde el punto de vista social y colectivo, la indignación es una emoción generosa por el hecho de que se relaciona con el mal realizado a otros. Y es una emoción moralizadora por el hecho de que su desencadenante suele ser algo injusto.


Sentir indignación requiere que previamente nos sintamos dignos. No somos puros animales, sino que nuestro proceso de humanización supuso una larga y fuerte lucha para constituirnos como una especie noble y regida por normas justas. Si estas normas justas se saltan, nos sentimos humillados, ofendidos, despreciados y no reconocidos como seres que tenemos unas aspiraciones legítimas. Toda alteración de lo justo provoca una respuesta sentimental de indignación.

Con todo el esfuerzo que supuso combatir la miseria, la ignorancia, el miedo, el dogmatismo y el odio. Con el precio que muchos han pagado para dotarnos a los demás de una serie de derechos. Con el atroz desmantelamiento  de muchas de las mejores ideas y proyectos que los hombres se habían dado a sí mismos. Con  todo lo que nos está sucediendo, se crea un  ambiente  que nos intoxica a todos y nos hace, en parte,  colaboracionistas por dejadez.


¿Estamos  perdiendo la función adaptativa de las emociones?
¿Será que hemos desvirtuado la indignación llegando está a ser generadora de una ira farisaica?



RECONOCIÉNDONOS DIGNOS

La indignación parte de un antecedente que es el de reconocerse como digno de algo, merecerlo.
¿No merecerá un joven tener un derecho a la educación holística que lo prepara para la vida? 

¿No merecerá un enfermo tener derecho a la asistencia médica? 

¿No merecerá un adulto el poder planificar su vida de acuerdo a las leyes existentes y saber que estas no serán cambiadas arbitrariamente? 

¿No merecerá un viejo cobrar una pensión que no pierda poder  adquisitivo para la cual cotizó largos años?

 ¿No merecerá…?
“La indignación aparece cuando algo que considero mío, porque lo poseo o porque lo merezco, me es arrebatado o no me ha sido dado nunca” [5]   
La indignación es la respuesta adaptativa ante la injusticia. Es necesario recuperar la esencia de la indignación como emoción adaptativa.

“¿Por qué?. Preguntará tal vez un lector estricto. Porque si no lo hace se caerá el edificio. ¿Por qué tenemos que tener derechos y respetarlos? Porque, de lo contrario, no tendremos felicidad pública, ni paz, ni justicia, ni libertad. La historia de las invenciones morales había llegado por muchos caminos a esta conclusión.” [6]
 Si no lo hacemos así,  acabaremos en el  resentimiento (no adaptativo), el cual, en palabras de Scheler “Es una autointoxicación psíquica que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones normales y pertenecientes al fondo de la naturaleza humana” [7]   
Al resentimiento dedicaremos la próxima entrada de este blog. Anticipar hoy, sobre el mismo,  una frase de Nietzsche:

“El resentimiento es la emoción del esclavo, no porque el esclavo sea resentido, sino porque quien vive en el resentimiento, vive en la esclavitud”


¿Qué información nos está trasmitiendo la indignación?
¿Qué acontecimientos provocan esta indignación?
¿Cómo utilizamos esta información para determinar las  acciones adecuadas que nos permitan  volver a un estado normal de serenidad y satisfacción?

¿Estamos respondiendo de forma adaptativa a la indignación que sentimos?




Referencias bibliográficas

[1] IGLESIAS RODRÍGUEZ, Julio.: Variables y reguladores del estado de ánimo. Edición Digital. Vigo 2005.

[2] Ekman, Paul.: ¿Qué  dice ese gesto? RBA Integral. Barcelona 2004, p.75

[3] Damasio, Antonio R.: Y el cerebro creó al hombre. Destino. Barcelona 2010, p. 194.

[4] Ekman, Paul.: ¿Qué  dice ese gesto? RBA Integral. Barcelona 2004, p.149

[5] MARINA José Antonio y LOPEZ PENAS Marisa.: Diccionario de los sentimientos. Editorial Anagrama, S.A., Barcelona 1999,  p.199

[6] MARINA, José Antonio y DE LA VÁLGOMA María (1999): La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política. Editorial Anagrama, S.A., Segunda edición. Barcelona 2001,    p.213

[7] SCHELER, Max.: El resentimiento en la moral. Editorial: S.L. CAPARROS EDITORES. 1993