miércoles, 21 de junio de 2017




CAMBIO DE PREGUNTAS 4
  

 “Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución”
                                                                                                   Jorge Wagensberg




¿INDIGNADOS O RESENTIDOS? (2)

La idea del darwinismo de la supervivencia del más apto,  tal vez podemos enunciarla, hoy en día,  así:
“Superviven los  indignados, se extinguen los resentidos”


RESENTIMIENTO: UN ESTADO PERNICIOSO


Hay resentimientos breves, de corta duración y resentimientos duraderos.En el primer caso estamos ante una emoción que forma parte de las que se relacionan con la ira.  En el segundo caso, cuando dura mucho tiempo, a veces toda la vida, estamos ya hablando de otra cosa. Algunas  lacras sociales, algunos dramas personales, algunas patologías  mentales, tienen sus raíces en el resentimiento de largo alcance. Grandes  obras de la literatura y de la historia y personajes famosos,  se construyeron a partir del   resentimiento.  Está pues presente en el trascurrir de la vida diaria, y también, en grandes acontecimientos históricos.


Decíamos en el post  anterior que,  según Scheler, el resentimiento:

  “Es una autointoxicación psíquica que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí  normales y pertenecientes al fondo de la naturaleza humana; tiene como consecuencia ciertas propensiones personales a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes” [1]

 Ese reprimir “sistemáticamente la descarga de ciertas emociones”, no dejar que salgan y se note esa reacción emocional negativa hacia el otro u otros, genera un “emponzoñamiento psicológico” que envenena a la persona, manteniendo viva dicha reacción, la cual, como la lluvia fina  va calando, cada vez más hondo y profundo,  llegando al núcleo de la personalidad.

Se hace cada vez no solamente más profundo sino, también,  más oculto, más íntimo, controlando todo aquello que pudiera demostrarlo y termina por generar  ira mezclada, a veces,  de envidia,  y, lo que es más importante,   sintiéndose impotente para hacer nada ante ello.



Este sentimiento de impotencia, que le impide realizar la venganza,   para restaurar la propia estima, el honor ofendido,  la injusticia cometida o el daño sufrido,  genera un resentimiento duradero. Todo esto acaba por afectar, alterándolo  para peor, el funcionamiento normal de la persona. Por eso decimos que es un estado pernicioso.

Pero,  no queda ahí la cosa. Ese funcionamiento individual alterado, acaba afectando al funcionamiento grupal y social debido a que las emociones se contagian. Lo que se siente se transmite,  por mucho que tratemos de ocultarlo: existe el  contagio emocional.



EL CONTAGIO EMOCIONAL

Las personas que compartimos espacios de relación, sea en el trabajo o en la vida personal, en nuestras relaciones sociales,  acabamos compartiendo los estados de ánimo y los sentimientos. No es lo mismo compartir enfado, frustración, resentimiento,  que compartir buen humor, optimismo funcional  y entusiasmo.


Todos conocemos personas que al estar con ellas salimos llenos de energía, mientras que con otras salimos exhaustos, vaciados de energía. Esto ocurre porque estamos expuestos al contagio emocional de los demás, por lo tanto, a todo tipo de emociones, positivas y negativas. Como dice Sebastià Serrano “las emociones saltan de una mente a otra como si nada, los sentimientos son contagiosos, mucho más que las ideas”. [2]

El “wifi” emocional funciona. Las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestros sentimientos, lo hacemos a través del lenguaje no verbal.
 

 De forma continua emitimos mensajes emocionales no verbales. Lo hacemos a través de  gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Estos mensajes pueden ser aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc. Somos constantes emisores y receptores de estos mensajes a través de los cuales se da el contagio emocional.  

¿Somos conscientes de ello? No. En muchas ocasiones no somos conscientes de los mensajes emocionales que nos llegan y que recogemos. Nos quedan registrados y luego reaccionamos a ellos de forma casi automática, sin reflexión previa. Por ejemplo, ante determinada actitud de otra persona, reaccionamos de forma positiva o negativa sin ser capaces de encontrar razones para ello. No solo tenemos hábitos psicomotores; también vamos adquiriendo hábitos mentales y emocionales que nos llevan a reaccionar de forma automática ante diversas situaciones. No es lo mismo responder ante una actitud de alguien con   afecto y simpatía, que hacerlo con recelo o desconfianza.

Las emociones intercambiadas con los demás a lo largo del día determinan nuestro estado anímico. Es esto lo que determina que tengamos unos días estupendos y otros nefastos.
Si el ambiente que te rodea es tóxico, cargado de emociones negativas, sin duda te acarreará daños colaterales, es decir, serás víctima inocente de explosiones emocionales ajenas en forma de enfados, rabia, resentimiento, etc.

 ¿Hasta qué punto te afectará? Está en función de tu sensibilidad. No todos somos igualmente vulnerables o contagiables: los más vulnerables son las personas más sensibles.


¿Nunca te has sentido eufórico sin saber por qué?

¿Alguna vez te has sentido triste y deprimido sin causa aparente?

¿Te sientes a veces de una manera determinada sin una causa objetiva que lo justifique?

¿Podrías enumerar alguno de tus hábitos emocionales?


EL COCTEL DEL RESENTIMIENTO

Este coctel, con todos y cada uno de sus ingredientes, es una mezcla que nos “emborracha”, nubla nuestro raciocinio no facilitándonos una vida saludable. Tiene un alto coste emocional y físico para quien lo lleva encima impidiéndole sentirse libre, con la sensación de que controla su vida, con proactividad y sentido de logro. Va por la vida sintiéndose víctima con todos los sentimientos negativos que ello conlleva.





¿Qué aporta cada uno de los ingredientes al coctel del resentimiento?

Ira

De la  ira ya hemos hablado  en el post anterior. Es una de las 5 emociones básicas y  es una emoción adaptativa para hacer frente a la injusticia. Nos moviliza para la acción encaminada a enfrentarnos a ella.

Envidia

En cuanto a la envidia, que era definida por Santo Tomás de Aquino, en su Suma de Teología como “tristeza de los bienes ajenos” y que  el mismo Santo Tomás  nos dice que  solamente se da envidia “de aquellos con los que el hombre quiere igualarse o aventajarles en gloria”, según nos señala el psiquiatra Castilla del Pino,  no se da en todo resentimiento:
 “A diferencia del suspicaz, que se limita a sentirse afectado por algo que supone (fundada o no fundamentalmente) vejación y desestima en su imagen pública, el resentido reacciona a su vez con hostilidad, pero, en tanto que se  sabe en situación desigual respecto a aquel del que se resiente, recurre a formas solapadas y tortuosas. A veces coexista con la envidia. Pero no tiene que ser así: - P está resentido con M por la faena que le hizo – no implica que P envidie a M.” [3]


En otros  muchos resentimientos sí está presente la envidia, si bien son procesos diferentes. El envidioso busca disminuir la gloria ajena y tiene la esperanza de que en un futuro lo logrará y conseguirá el desprestigio público del envidiado. El resentido no tiene esperanza de lograr nada, se ve impotente ante lo que le sucede.

Por otra parte, el envidioso, lo manifiesta; unas veces de forma camuflada  a través de la murmuración, y otras veces de forma abierta recurriendo a  de la difamación. El resentido se lo calla, lo oculta, no manifiesta,  “reprime sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos” según nos decía  Scheler.


Venganza

Para resarcir el  daño sufrido, la injusticia padecida, el honor ofendido o la autoestima dañada, aparece la venganza.

La paradoja  que se da en el resentido es que acompaña la sed de venganza con el juicio de impotencia de llevarla a cabo: se siente impotente ante el otro. No hay posibilidades pues de restablecer el sentimiento del propio valer ofendido, la satisfacción del daño sufrido o restaurar el honor ofendido.  

La represión ejercida sobre una sed de venganza que lleva a la sensación de que “no hay nada que hacer” “hay que someterse”, “así es la vida”, etc., es la que lleva al resentido, entre otras cosas, a lo que nos decía Scheler: (…) “tiene como consecuencia ciertas propensiones personales a determinadas clases de engaños valorativos y juicios de valor correspondientes”.

Este engaño valorativo se manifiesta en restar valor al valer ajeno, a cambiar los valores perseguidos,  pasando a defender justo lo contrario de estos, en definitiva, a engañarse en el análisis de la realidad creando unas ilusiones particulares sobre la misma. Así, por ejemplo, todos conocemos a personas que estaban muy motivadas para conseguir algo, pero que llegado un momento en que se sintieron incapaces de lograrlo por falta de capacidad, por acidia, etc.,  reducen la tensión generada entre el querer y no poder, dejando de querer a través del autoengaño  de que lo que querían,  realmente no era tan valioso como pensaban. Pasan, así, a valorar y querer lo contrario.


¿Cuántos políticos de “izquierdas” conoces que no pudiendo hacer “carrera” en esta tendencia se pasaron a la “derecha”?

¿Cuántos políticos de “derechas” conoces que no pudiendo hacer “carrera” en esta tendencia se pasaron a la “izquierda”?

Ejemplos de esto todos podemos poner alguno que hemos contemplado a lo largo de nuestra vida, referido a objetivos políticos, aspiraciones profesionales, aspiraciones sociales, relaciones  amorosas, etc. De forma general lo ejemplifica muy bien la fábula de Esopo  de “La zorra y las uvas”.

El resentido está sometido a todo un cúmulo de  conflictos internos, intrapersonales,  aquellos que están dentro de uno y que enfrentan a uno con uno mismo. Adoptan varias formas: diferencias entre lo que quiero y no puedo; entre lo que quiero y le tengo miedo; entre lo que quiero y no estoy dispuesto a pagar el precio que exige; entre lo que tengo y no quiero tener; entre lo que …
Estos conflictos internos más todo un cúmulo de conflictos interpersonales que le acaecen, no sabe cómo abordarlos de forma directa por varias razones:

1/ Está mal visto y suele interpretarse como mala educación o falta de madurez, el manifestar emociones de ira, resentimiento, envidia y otras muchas presentes en los conflictos. Su “analfabetismo emocional” lo lleva a no manejar adecuadamente las emociones, a inhibirlas. La no manifestación espontánea, la inhibición, se manifiesta indirectamente generando otros nuevos conflictos que no tendrían su aparición si se hubiese resuelto el original. Se fomenta así una tendencia a la proliferación de conflictos.
2/ El miedo. La consideración de los riesgos (costos personales, obstáculos en la carrera, aparición de antagonismos personales, etc.) lleva a camuflar los conflictos impidiendo que salgan a la luz.
3/  Comodidad. El manejo adecuado del conflicto exige un gasto de energía emocional. A veces, el resentimiento se acompaña de acidia, desidia o pereza en el actuar. 


IMPOTENCIA

Lo más pernicioso del resentimiento es,  a mi juicio, la impotencia  que siente.
Todos encontramos en la vida situaciones que no nos gustan. Dentro de ellas, diferenciamos aquellas en las que podemos hacer algo para que la situación cambie, y aquellas otras en las que no podemos hacer nada o que hagamos lo que hagamos la situación va a seguir lo mismo que antes. Podíamos meterlas en una escala de vaya desde la “Imposibilidad” a la “Posibilidad”. El determinar y emitir los juicios de imposibilidad y posibilidad no es algo objetivo, sino totalmente subjetivo. Una persona, ante una situación A, puede considerar que es posible hacer algo para cambiarla, y otra persona, ante la misma situación A, puede entender que es imposible hacer nada, o que haga  lo que haga no va a cambiarla.
Si observas la figura de más abajo, verás que el resentimiento se da ante situaciones que tienen dos características: la primera, no aceptar la situación. La segunda, creer que ante ella no podemos hacer nada para cambiarla o modificarla.


“La forma como efectuamos nuestros juicios de posibilidad (o de imposibilidad) gravita significativamente en nuestras vidas”. [4]


¿Por cuál de las siguientes frases te guías en la vida?:

1              1.  Yo soy yo y mis circunstancias.
2              2.  Yo soy yo y mi circunstancia, y si ni la salvo a ella no me salvo yo.


¿En qué punto pones la frontera  entre lo “Imposible” y lo “Posible”?






Referencias bibliográficas

[1] SCHELER, Max.: El resentimiento en la moral. Editorial: S.L. CAPARROS EDITORES. 1993

[2] SERRANO, Sabastiá.: El regalo de la comunicación. Barcelona, Editorial  Anagrama,S.A, 2004

[3]CASTILLA DEL PINO, Carlos.:Teoría de los sentimientos. Tusquets Editores Ensayo, Barcelona 2000. p. 346
  
[4]ECHEVERRÍA, Rafael.: Ontología del lenguaje. Buenos Aires, Granica, 2006. P. 320







No hay comentarios:

Publicar un comentario